viernes 10 de julio de 2009

Marosa di Giorgo. Dos poemas.



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Era terrible. Pero, habíamos pasado a vivir en la
Prehistoria. Mi madre decía: pero ¿cómo vinimos a
dar a esta chacra!...
Y ponía en esas palabras un acento inimitable.
Teníamos miedo de que entrara un río a la cueva
o algún animal.
Volaban unos gigantescos caballos fulgurantes.
Teníamos diversos focos prendidos; en la cola y por el
lomo.
Hacían estrépito. Cuando se unían en lo alto
llovían piedras preciosas.
Recordábamos la vida anterior a través de neblí-
nas. Mi hermana, mi padre, abuelos y demás fami-
liares.
Nos había tocado a mi madre y a mí mudarnos a
la Prehistoria!
Entretanto se acercó la edad de desovar, de forni-
car y de empollar.
Mi madre hacía que no veía, pero hasta en sue-
ños tenía inquietud.
Yo seguía ayudándola a encontrar huevos, que
partíamos con una piedra hasta que saltara la yema,
verde tal la hierba. Y también comíamos de una flor:
crecía grande como una campana, como una sába-
na, como una carpa. La picoteábamos a toda hora.
Acepte a un ser no muy grande; me husmeaba des-
de las primeras menstruaciones. Era color záfiro, som-
brío, informe, con forma de cono.
Recuerdo el día inicial, cuando nos metimos en el
hueco de un tronco, y nos enlazamos a copular.
Mi madre, a lo lejos, daba un silbo.
Era una copulación profusa, infinita. Pasamos ho-
ras así, y días. Yo daba a entender que seguiría toda
la vida, así. Eso deseaba.
Pero, una mañana, él se desprendió de a poco,
descendió del árbol, y rápidamente, quedó peque-
ño, del tamaño de un dedal, y vi cómo se escondía
adentro de la tierra. Sin salir jamás.


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Cazaron varios ángeles. Casi al fin de la tarde.
En rara ocasión caían tantos.
Por lo general era de uno.
Los preparaban; se hervían con facilidad. También
vimos en la red, cardenales, picaflores, y un canario.
Pero todos ansiaban comer, participar, de los ángeles.
-Son ardorosos –dijo alguien en la penumbra-.
Hay experiencia.
Y semejaba querer decir: Tengo mucha experien-
cia con ellos.
Les hervían con pelo, y a algunos dejaban un poco
de pelo.
Les quitaban, con una palita y una aguja, el sexo. Que
parecía hecho con puntillas. El sexo entre las piernas de
los ángeles. Aunque algunos lo tenían en la espalda, como
un menudo nardo, en la cabeza o en la cara.
El sexo poseía un perfume atractivo, que daba
mucha ansiedad. El pequeño sexo temblaba y se
entreabría y giraba sobre sí mismo, como dicien-
Do: -yo soy. Aquí Es. Es aquí.
Caia la tarde cuando cazaron los ángeles. Al últi-
mo resplandor los trajeron.

Textos tomados de Rosa mística: relatos eróticos. Interzona editores, 2005.

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imagen: Nilda Rosemberg. instalación flores de papel sobre paredes de tul I. 2007

miércoles 17 de junio de 2009

Michael K.


cuando supo que su final se aproximaba, no era a mí a quien miraba, sino a alguien detrás de mí: a su madre o al espíritu de su madre. Yo la consideraba una mujer, pero ella aún se consideraba una niña pidiendo a su madre que la cogiera de la mano y la ayudara. Y, en la vida oculta que no vemos, su propia madre también era una niña. Procedo de una familia de niños que se perpetúa


J.M. Coetzee. Fragmento de Vida y época de Michael K. Edic. Alfaguara. 1987. p.156
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imagen: Gabriel Sainz: 2

miércoles 20 de mayo de 2009

José Antonio Varela. La clase


Es el año de 1989 y Tita (Carolina Riveros) es una joven que (sobre) vive en un populoso barrio caraqueño. Ella anhela, entre otras cosas, llegar a ser el primer violín de una orquesta sinfónica. Detrás de ésta joven hay dos pretendientes: Yuri (Laureano Olivares) y Anselmo (Darío Soto); dos personajes extraídos de dos mundos desiguales, o lo que es igual de dos clases sociales dispares. Ambos admiradores hacen la función de símbolo y representan de la manera más verosímil los paradigmas de esos dos universos sociales. Tita, llevada por sus sentimientos, camina entre esos dos estratos: por un lado conquistar la música académica y por el otro sobrevivir a la aguda realidad de un territorio marginal. La clase (2007) es una historia de amor pero también, a la par, admite mirarse como una recreación de una época y de un acontecimiento importante para la historia de Venezuela: El Caracazo. Esta película es la opera prima del director José Antonio Varela quién intenta mostrar el conflicto interno y las contradicciones de Tita, la violinista, la hija, la profesora, la alumna y la amiga sin dejar exento el mundo circulante.

Es fácil imaginar con este preámbulo un público alistándose y armándose con los viejos y vigentes prejuicios sobre el cine venezolano. La sinopsis quizá contribuye con este efecto; la redundante historia que hace brillar la “realidad social” levantada, construida y mantenida a partir de la pobreza, la delincuencia, la violencia y la carencia de un sector de la población. Ese constante motivo ha cansado paulatinamente a una parte del público y ha hecho del medio un trabajo previsible, canónico algunas veces.

Sin embargo, ese cansancio temático puede verse en la mirada de Tita, el personaje principal, quién, gracias a la música, a una amiga y a un pretendiente (Anselmo) ha podido despegarse considerablemente del medio hostil donde se desarrolla su vida cotidiana, a tal punto de cuestionar toda aquella “normalidad” propia de un sector descuidado. Esa variable dentro del personaje, esas contradicciones, preguntas, incomodidades y luchas es lo que da sentido y vida a la película, así como una leve novedad.

La clase está construida bajo la conocida estructura convencional del melodrama. El contexto geográfico es evidente y exacto, pudiendo ser cualquiera de las barriadas caraqueñas. Ésta locación brilla en la mayor parte de la historia, pero esa geografía también es referente a la interpretación que hace el director del llamado Caracazo. La mirada de este episodio se hace desde la misma confusión y desconcierto de la gente del barrio. Los personajes son estereotipos que intentan exhibir la cercanía máxima con la realidad; la verosimilitud en este caso se lleva de los diálogos a las acciones negando cualquier rareza, sorpresa o incoherencia. El personaje principal (Tita) es la que muestra un quiebre, sin mucho bullicio, con respecto a los otros interpretes y a su manera arquetipal de accionar.

Quizá lo más significativo sea el conflicto interno de Tita. Por un lado, con el mundo que la vio crecer y ve desarrollar su cotidianidad. El ambiente lateral carente de servicios básicos y pletóricos de violencia conlleva paulatinamente a que Tita muestre rechazo por esa tierra. Ese sentimiento irá ganando terreno a medida que conoce otra realidad al otro lado de la misma ciudad. Varias escenas ilustran esta hipótesis, una de la más resaltante sucede mientras Tita, dentro de una iglesia, imparte clase de música a los niños del barrio. Esa actividad es interrumpida bruscamente por la acción de un delincuente que secuestra a los niños que andan en la clase escudándose así de las fuerzas del orden. Sin embargo, la madre del agresor actúa de mediadora y el mismo decide entregarse a la policía. Su entrega por otra parte es su muerte. Esa muerte afecta a Tita; a pesar de la horrible escena del secuestro, quién ve en el difunto a una persona frágil, adicta y rechazada. Casi un condenado. La policía también está corrompida y no es calco de protección. La negación de Tita de asistir al entierro se debe principalmente al caos que precede la ceremonia: decenas de motorizados, alguno de ellos armados disparando al aire y bebiendo vía al cementerio. Ante eso Tita prefiere irse al ensayo con la orquesta. Pero internamente ambos sucesos debaten y persisten: lo que vivió y el concierto.

Pero la molestia abarca también su hogar. Si bien su familia no muestra una hostilidad grave ante las actividades extra de Tita; la misma, ante otras necesidades más apremiantes, desvalora la música. El sonido del violín llega a molestar porque no permite escuchar la televisión. Son muchas las interrupciones al momento de ensayar y practicar lo que conlleva lógicamente a un bajo rendimiento en la ejecución de su instrumento. Ante ese ambiente hogareño y comunitario florece un obvio y esperado cansancio. Hay líneas en los diálogos de la protagonista que son contundentes y lo confirman: “¿Cuándo vamos a cambiar? (…)”; “todo el tiempo una peleadera, una gritadera” (…); “esto es el infierno, vivimos en el infierno” (…); “ustedes siempre con la misma mierda”.

Uno de los recursos empleados para narrar la historia es apelando a la muestra de esas dos realidades paralelamente. Esa dualidad externa hace comprensible la desarmonía de Tita y hace la película más llevadera por el ambiente de compensación. También nos hace reparar indirectamente en el autodescubrimiento del personaje, sobre sus anhelos y las circunstancias que lo rodean. Tangencialmente la historia va dejando ver uno de los proyectos que ha tenido éxito en el campo cultural venezolano como lo son las redes de orquestas infantiles y juveniles. Comunidades desfavorecidas socialmente han visto en la ejecución de la música una suerte de salvación al camino posible de la delincuencia o acción afín. Como alguna vez lo dijera Friedrich Schiller en su libro Cartas sobre la educación estética del hombre el arte hace humano al hombre, lo complementa. Tita parece encarnar esas utópicas ideas.

El contexto indirectamente apunta hacía la crisis de aquel momento. El malestar de Tita por las limitaciones y dificultades donde vive es a un tiempo la incomodidad que sienten muchos ciudadanos, salvo que estos últimos no se refugian en la música como un mundo alterno. Toda esta narración se va agotando y reduciendo a una fecha exacta: 27 de febrero de 1989, es decir a la baja de los precios del petróleo, el “paquete económico” en la presidencia de Carlos Andrés Pérez aunado a otras causas generaran una serie de protestas a nivel nacional, violencia, saqueos, y, sobre todo, muerte. La escena final concentra ese ambiente y resalta la muerte. El aturdimiento ante ese hecho marca a Tita y marca un brusco final en la historia que deja una rendija para que quizá hagamos conjeturas ante esa vida y la realidad que atiende. Lo cierto es que a través de este personaje y sus peculiares desarmonías, preguntas y miradas se va llegando a un escenario pletórico, aún más, de preguntas, angustias y molestias que dejó una huella en la historia reciente de Venezuela. Rescatar esa memoria colectiva y exhibir un mundo individual hasta el punto de fusionarlo parece una buena forma de decir algo y que La clase desea comunicar.

lunes 20 de abril de 2009

Jojo Mayer: jabón


Lo que hace el músico suizo Jojo Mayer es romper con sus baquetas la idea generalizada acerca del divorcio entre ejecución de instrumentos y los ritmos y melodías típicas de la música electrónica o, en nuestro caso, de las propuestas sonoras que tienen la música electrónica como cimiento. En su trabajo musical la carestía de virtuosismo no es una característica esperada ni un punto débil que atacar. De hecho la técnica con la que hace caminar su instrumento, la batería, y la fusión lograda (junto a su agrupación) entre tendencias musicales disímiles en su producto final le ha servido de referencia y atractivo a la mirada de sólidos músicos y también a un populoso y variado público por lo integro de su proyecto.


Desde que conformó su grupo en el año 1998 bajo el nombre de Nerve la música que ha salido de esta reunión generalmente ha circulado con inteligentes argumentos y justificaciones sonoras más allá del calco de caprichosas fusiones sugeridas por el canon. Un componente fundamental lo cumple Mayer con la manera particular de ejecutar su instrumento llegando incluso a ser lo más llamativo de las composiciones.


Un sonido logrado y propio que le interesa sobre todo mostrarse como un panorama opcional y complejo dentro de la extensa gama de movimientos sonoros alternativos e híbridos que hoy se despliegan en los terrenos de la música contemporánea.


Un testimonio de lo arriba dicho es ver su presentación en el evento Modern Drummer Festival 2005:








domingo 12 de abril de 2009

Sergio Gorostiaga: la demora






Por medio de una escritura que se ha despojado de los signos de puntuación, de los títulos y de las vistosas letras mayúsculas Sergio Gorostiaga abre con esa estructura las puertas a un río breve y cristalino capaz de reflejar en su fluir apasionado una parte de su existencia, signada, sobre todo, por una conciencia punzante del paso atropellado del tiempo. la demora (Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 2001) es un poemario que atiende ese fenómeno y, lógicamente, otros motivos cultivados comúnmente en la tierra de la poesía. Los efectos que conlleva la presencia de un tiempo afanoso, como es de suponer, abordan gran cantidad de páginas, lo que nos trae, por extensión, una voz afectada que habla de ello y, además, de algunas obsesiones de la literatura y de la vida: la soledad, el (des)amor y la incertidumbre.



Siguiendo la pista que arroja el título del libro nos encontramos con un poema que termina de abrir el significado para el enunciado del mismo. Son versos testimonio de una fractura de la armonía que arribaría en caso de tener un tiempo presente o futuro menos gris y más pletórico de sentido: “(…) sin nada más hoy / sin nada más / los huesos sometidos / al castigo / de demorarme tanto” (p.51). Desde cierta perspectiva la primera parte del libro parece rondar bajo esta atmosfera de insuficiencia, registrando una intimidad marcada por cierto grado de incertidumbre y viendo, por ende, la fragilidad física y emocional que nos protege en el camino de la existencia. Algunos fragmentos pueden ayudar a ilustrar esta idea: “breve mi eternidad / todo breve” (p. 17); “apenas sujete la vida / soy / lo que rocé sin darme cuenta // un soplo de sol en la cara / y el paso de los días / como parpadeos” (p.21); “la vida debe ser más que este momento / más que el paisaje y estas sombras / repitiendo que todas las cartas de amor son absurdas, / ver pasar los días como quien mira / la gente y las casas y los árboles / desde el tren tan rápido no sé muy bien adónde” (p.59).



Si el poema que declara directamente la demora de un proyecto de vida sirve de núcleo y le da coherencia a la primera parte del libro, existe otro escrito con una naturaleza similar que apunta su luz a otra zona (o herida) de este poemario, es decir, de cierta amarga experiencia adquirida por el autor. Es un poema dedicado a Pablo:



el pronóstico decía parcialmente húmedo y nublado
vientos leves a moderados del sudeste
doce grados de máxima ocho de mínima
y en el horóscopo se podía leer textualmente
probable propuesta de un viaje corto, piénselo,
el treinta y uno de julio de mil novecientos setenta y seis
hace veinte años que según el tango
son nada algunas de estas cosas
te estaban destinadas en el diario, no olvidamos
ni perdonamos, te recuerdan siempre tu mamá
sergio y claudia”
(p.39)



El núcleo, aparte de la obvia voz dolida, radica en la fecha del poema: 1976. Sin duda una fecha como una cicatriz en la historia Argentina. Una época testigo de la extensión sombría de Jorge Rafael Videla por la nación argentina con todo el horror de un gobierno sanguinario. En otras palabras, la pesadilla del terrorismo de estado en ese país siendo una de sus armas la intolerable represión que haría desaparecer (junto a otros miles) a quién el autor dedica el poema, a su hermano, a Pablo. De allí que esta forma de comprender y hacer poesía se torne un refugio donde encajan amistosamente un desahogo y una postura política: “la tarea de descifrar tu muerte” (p. 69); “vendo una verdad venida a menos / (…) una justicia muerta” (p. 71).



Como señala Daniel Freidemberg en la contraportada del libro “formas de la ternura o la incertidumbre arrojadas a una prueba de fuego, la escritura, que viven la pequeña felicidad de hacerse palabra”. Y es que resulta inevitable el nacimiento de la ternura ante cualquier panorama humano, sobre todo si se dibuja con tanta sinceridad; inclusive con tanta confusión o soledad como se perciben en algunas áreas del escenario donde se desarrolla la demora: “algo que produzca razón / al despertar” (p.25), o también, “fantaseaba / la noción de tenerte de mañana” (p. 73). De esta forma una de las virtudes del poemario se manifiesta por medio de un testimonio claro de un mundo cicatrizado tanto por un camino empinado que de cuando en cuando se abre como única ruta personal y también por un contexto político atroz capaz de sembrar un drama con difícil posibilidades de dejarse de lado sin marca alguna. Un testimonio abierto que triunfa sobre lo velado que puede tornarse un poema.



Dejo acá un par de poemas:

guardé restos de una pasión perdida
di algún sentido a la vida mientras pude
y admití que todo puede continuar sin mí girando
he pedido disculpas y hasta me he perdonado
procuré asombrarme cerca del asombro
pregunté cómo son las cosas
cuando no las miramos


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hay días que no sé qué espero
parece extraño pero hay días en que me siento
y me pienso y no sé lo que espero
no sucede a menudo pero admito que hay días
en que salgo a la calle y me miro los pies
para confirmar que llevo la cabeza
busco una señal hasta en las cosas que conozco de memoria
como el padrenuestro que no rezo
casi todas las noches me atrapa la ilusión
de una palabra que cuido como promesa de amor
pero confieso que hay días en los que abro
la puerta de mi casa y todo está
tan a la vista que no sé

sábado 4 de abril de 2009

Antonio Briceño y el rostro de los dioses







El fotógrafo venezolano Antonio Briceño es el autor de la serie Dioses de América: Panteón Natural (2007). El nombre del trabajo de inmediato nos acerca al perímetro que posee la propuesta tanto en lo temático como en lo geográfico: acercar en una fotografía la cosmovisión de unas comunidades originarias determinadas. Esta serie abarca una colección de retratos que intentan recrear dioses de diversos pueblos del continente americano. La imagen, por tanto, posee carga simbólica y documental a un mismo tiempo. De allí que el personaje, lo mismo que el contexto donde desarrolla su cotidianidad responda, entre otras cosas, a una intención de ilustrar la riqueza cultural y pluralidad de estas tierras americanas.

Los protagonistas de estas imágenes son dos: la persona y el paisaje. Por un lado, la persona porque evidentemente concentra gran parte de la propuesta de Briceño a través de la acentuación externa de su tradición y su identidad, sus peculiaridades y su mirada al mundo. La unión de todos estos rasgos favorecen la misión de recrear una imagen de deidad, o lo que sería una aproximación a un retrato del protector y dador de favores para ciertas comunidades.

Por otro lado, tenemos el ambiente, es decir, el paisaje como refugio de esta divinidad. La naturaleza tiene la facultad de ser el complemento de éste dios en virtud de un tratamiento donde refuerza el aire mítico y enfatiza a su vez una diferencia con el mundo occidentalizado: tecnológico y político.

Quizá la distinción más llamativa de la serie se percibe en las singularidades lógicas de cada pueblo. Aquí el paseo geográfico y cultural nos ubica en: Huichol (México), Kuna (Panamá), Kogui y Wiwa (Colombia), Quero (Perú), Kayapó (Brasil), Wayuu, Piaroa, Pemón, y Ye´Kuana (Venezuela). A pesar de ello, son las semejanzas (sobre todo en el campo de las creencias) entre cada uno de estos pueblos las que forman el cuerpo coherente de la propuesta, el cual, como es razonable pensar, contribuye a la recreación de un ambiente mágico. No obstante, la humanidad que cubre cada personaje no queda relegada, incluso parece asociarse armónicamente con el don de encarnar un elemento de la naturaleza. Como es de suponer en el rostro recae toda esa expresión que a pesar de la quietud es capaz de iniciar una historia.

La muestra también se apoya en la simetría de la composición, los colores tanto de la vestimenta como del ambiente siguen éste orden y generan la coherente estructura que le da solidez a toda la serie. Son rasgos a tener presentes porque también invitan a no aceptar del todo el término documental, pues la fotografía acá se moviliza con los viejos resortes de la pintura: esta premeditada, pensada, construida y ficcionada. El fotomontaje es el medio para lograrlo y, sin duda, la diferencia. No obstante, gracias a este recurso se lleva a cabo los dos sentidos de las fotografías: la construcción estética y la valoración de un detalle cultural de todas estas comunidades que se desenvuelve en el continente que pisamos.

Sin esa peculiar construcción de la imagen no puede haber presencia del “otro”. Sin embargo, se pone de manifiesto cierta familiaridad a través de la fisionomía típica y cercana, el tipo de ambiente (aunque parezca idealizado) y alguna creencia opacada actualmente por la virtualidad con respecto al mundo natural.

El panorama que busca el fotógrafo Briceño se inclina por rescatar una serie de comunidades, a través de una iconografía muy personal, del marginamiento a las que generalmente se arrastran. Para esto el autor cuenta con la doble arma de su técnica: la documentación y la ficción. Unidas nace y camina la serie Dioses de América y, sobre todo, componen un camino valedero para el arte. La posmodernidad no niega el pasado, lo reinterpreta o lo rescata como lo hace el señor Briceño, alimentando, enriqueciendo y estétizando el área del documento.

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imagen 1: Mry-kaak. Hombre-anguila. Cultura Kayapó, Brasil, 2006
imagen 2: Tewímako. Dueño de las piedras, cultura Kogui, Colombia. 2004
imagen 3: Anemey. Dios de las aguas y la purificación, cultura Piaroa, Venezuela. 2003





miércoles 25 de marzo de 2009

Lulacruza: la música del paisaje



Cuando uno escucha Lulacruza es necesario abrirse a un ámbito donde la música electrónica, el ruido de un ambiente natural, la experimentación sonora y el ritmo de costumbres y de folclor latinoamericano representan, en conjunto, un lenguaje protagonista y cautivador. Este dúo conformado por Alejandra Ortiz (Colombia) y Luis Maurette (Argentina) busca en su música crear escenas y ambientes con un explicito acento natural y “primitivo” a través de un acercamiento oportuno a la herramienta tecnológica capaz de manipular cadencias y de asociarse al rescate y valoración de ciertos sonidos latinoamericanos que aún se cierran a eclipsarse.


Como sucede con muchas tendencias del arte contemporáneo la música de Lulacruza es la viva imagen de una estructura donde la mezcla y el derrumbamiento voluntario de las fronteras es el núcleo que la sustenta y le da forma. No es de extrañar si tenemos, por un lado, el fácil acceso a las manifestaciones culturales de otras latitudes por medio de los medios masivos (Internet sobre todo). Este hecho abre vastas posibilidades para apreciar y estudiar otras miradas -inclusive en el mismo territorio- y también las distintas maneras de llegar a representarlas. Por otra parte, existe la invitación abierta a experimentar sobre un lenguaje común como lo es la música electrónica con otro tipo de melodías o sonidos capaz de generar un concepto y unos efectos específicos sobre el oyente.


Esta agrupación el año pasado (2008) sacó a la luz su segundo trabajo discográfico bajo el título de Soloina. Un trabajo que tiene ecos de su primer disco Do Pretty! en tanto que se proponen a crear paisajes melodiosos por medio de sonidos aislados, comúnmente extraídos de ámbitos naturales y hasta rituales que no apuntan a ningún placer musical, pero que se agrupan armónicamente dentro de un contorno de manipulación tecnológica, de una base rítmica, generando así un ambiente sonoro y sosegado de probable identificación en cuanto a habitantes de un continente con ciertos rasgos comunes.


Teniendo en cuenta esa manera de construcción musical es normal pensar en la Música Concreta, es decir, en Pierre Schaeffer y John Cage, es decir, en la composición como concepto. Sin embargo, se traza visiblemente una diferencia con respecto a Lulacruza que se aleja conscientemente del ruido y del azar como protagonistas de la composición. De hecho, con este dúo -y ejemplificado en el disco Soloina- asistimos a temas que no dejan de lado la construcción meditada de un paraje estético además de memorial.


Con Soloina se pone de manifiesto una música alternativa latinoamericana a través de los lentes usados por los géneros sonoros contemporáneos, sin caer en ser sombras de patrones exportados como el Ambient, la Música Concreta e incluso el New Age; llegando, por tal razón, a la difícil ubicación y clasificación de su estilo. Incluso se puede hablar de un notable enriquecimiento y aporte a los géneros musicales recientes por medio de propuestas como la de Lulacruza capaz de hacerlos sobresaltar a tal punto de llevarlos a otros significados.


Les dejo acá los enlaces donde pueden escuchar la música de este dúo, la llamativa música del paisaje:



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foto por may-li khoe