Huella intecta de un ser sin sombra (53 x 39 cms)
Uno de los objetivos de la Colección Presidencial Gráficas Venezolanas era exhibir y dar a conocer los trabajos artísticos que allí se reunían por medio de reproducciones que irían destinadas a espacios públicos: hospitales, cárceles, cuarteles, colegios, universidades, etc. Dentro de las 100 obras expuestas en estas zonas colectivas se encuentra la litografía de Jonidel Mendoza Huella intacta de un ser sin sombra (2003). Una obra que, entre otras cosas, manifiesta en términos plásticos y formales la evanescencia de un mundo, la desintegración de un horizonte sólido y certero en beneficio de la representación de una naturaleza orientada a la transición.
Dentro de un contexto artístico que se subordina al mandato tecnológico y al protagonismo del concepto o de lo efímero Mendoza hace su apuesta por técnicas tradicionales como la litografía; es decir, por lo que ahora tienden a llamar arte no convencional o alternativo. Sin embargo, es evidente que el procedimiento escogido para dar pie a la obra queda relegado en cuanto el producto estético sostenga, entre otras cosas, un discurso, una fuerza visual o una relación imagen-entorno, más que una imitación carente de argumentos de los nuevos modos de operación artística.
En primera instancia Huella intacta de un ser sin sombra se manifiesta en términos completamente formales: líneas y colores, manchas y trazos. La obra intenta resistirse a un sentido claro y a una representación satisfecha y mimética. Este principio de composición se repetirá en muchas de las obras posteriores de Mendoza formando así, por su reiteración, el acento de este autor. Sin embargo, el estilo de este artista nos remite inmediatamente como referencia a ejemplos europeos de la pasada centuria: Bellmer, Arnulf Rainer, Gerard Gasiorowski, Jacques Lizène, Bacon, etc. Pero también a autores más cercanos como los maestros venezolanos Alirio Palacios y Jacobo Borges que, de manera similar, vieron en la deformación, las tachaduras, el desvanecimiento, subrayando la fealdad y la degradación de la imagen corporal, una vía para expresar una mirada a su tiempo y sociedad.
El énfasis de esta obra, al igual que otras de su más reciente repertorio artístico, reside en las manchas y líneas sugestivas y expresivas a un tiempo, en sus transparencias y confusión, en la simple necesidad de oponerse a un referente claro, aunque se intuya y la lógica nos revele una forma y realidad humana. Sin embargo, pareciera no ser el único rasgo constitutivo de la litografía, pues la misma alcanza una dimensión del contexto que la rodea, viendo su luz por medio de una ligera abstracción, y hablando en forma generalizada. Los signos de un mundo contemporáneo pueden ser leídos por medio de los caracteres formales de la obra; es decir, un entorno igualmente confuso, evanescente, sin sentido claro.
La obra de Mendoza importa un mundo confuso y en transición en medida que se opone a la representación de una figura clara y fiel, obrando con más ambigüedad, casi con descuido. Quizá la cercanía del génesis de esta obra con los primeros pasos de un nuevo siglo forme parte del listado de rasgos y trasfondos para uno de sus significados. De allí la desavenencia que la rige, pues cualquier transición produce crisis, confusión, además de arrastrar consigo la llamada, desde hace 30 años, condición posmoderna, bien específica de una geografía y un territorio que acepta a un tiempo lo moderno y premoderno, la tradición y la vanguardia. Parafraseando al teórico Alfonso De Vicente con respecto a esta condición, y dentro de esta realidad histórica, diríamos igualmente: “todo vale”, “no hay límites”.
La crisis del contexto está en la crisis de la representación. El escenario, probablemente
no sólo restringido a la geografía venezolana, incluso latinoaméricana, genera cierta correspondencia con la obra de Mendoza. La fantasmagoría y la indefinición persistentes en sus obras también pueden pertenecer a figuras arropadas por un ambiente nebuloso y confuso manifestado en siluetas de la misma naturaleza.