La correspondencia entre las películas de Kaurismaki y el movimiento artístico Minimal no es tan desmedida después de todo, sobre todo si consideramos que esta corriente artística, entre otros de sus rasgos, apostaba por la construcción de objetos limpios, despojados al máximo de sus referentes y, sobre todo, de cualquier gesto emocional, abriendo con estos principios un camino despejado para que la razón se expresara.
El cortometraje Los perros no tienen infierno (2002), se mueve con algunos de estos postulados, en especial el de restar a conciencia cualquier expresión emocional, valiéndose de este precepto para crear un patrón o un modulo de acción y comportamiento en todos sus personajes.
En panorámica, la historia narra la vida de un personaje que, una vez puesto en libertad y alejado de las fuerzas policiales, decide buscar a su amante e irse a Siberia. “Abandona todo por amor”, explica el protagonista.
Los personajes principales, es decir, la pareja que posteriormente toma un tren vía Siberia, también corresponden a los protagonistas de la película El hombre sin pasado. Igual que en el relato amoroso de la película, los personajes del cortometraje son discretos al momento de exhibir cualquier sentimiento, en algunas escenas los sugieren a lo sumo, ya sea en breves frases, gestos controlados o en relampagueantes miradas, aunque el contexto sea un compromiso amoroso o el emprender un viaje.
Son personajes marginales vestidos de un hieratismo y una introspección sin par. Soñadores y pasivos impulsados lentamente por un anhelo que de cuando en cuando se asoma retraídamente. Protagonistas que se mueven en ambientes silenciosos y contemplativos, rozando lo triste, pero con una estilización y puesta en escena tan particular que crea un drama con otro matiz, menos expresionista ni bullicioso, a pesar que muestra una evidente sensibilidad social por el contexto en el que se enmarcan sus historias, pero lejos de un neorrealismo tipo Rosellini y más cerca de la otra etiqueta que algunos críticos le han colgado a su obra “neorrealismo colorido”.
Si bien Kaurismaki celebra y se inclina por la quietud, la inexpresividad y el silencio, tanto de sus personajes como de los escenarios que los envuelven y que nos hace recordar al pintor Edward Hopper quién en el lienzo supo plasmar un universo donde la soledad y el vacio formaban el corazón de su obra, la música también forma parte medular de su esquema creativo.
Música e imagen constituyen dos entidades inseparables, a pesar de que en ciertas ocasiones hay una evidente oposición. Un ejemplo representativo de esta idea la tenemos en los primeros minutos de la película El hombre sin pasado los cuales narran la acción de unos delincuentes que simultáneamente a la paliza que le dan al protagonista del film tienen el detalle de encender la radio perteneciente a la víctima, formando con ambas acciones una escena violenta con un fondo de melodías serenas y tonales, golpes y atropello envueltos con música clásica.
La imagen cinematográfica de Kaurismaki tanto en El hombre sin pasado como en Los perros no tienen infierno y la música que la acompaña son elementos que forman una inequívoca mezcla de emotividad y quietud difícil de concebir y deslumbrante al momento de contemplar. Siempre hay una excusa para que la música se haga presente y ayude al infrecuente ritmo de la película. La idea es representar una anécdota emotiva, un dibujo de vida que es posible desde la serenidad de sus historias y de la música que insiste en acompañar esos pasajes reposados.









