martes, 10 de diciembre de 2013

Casa para la sospecha



Día 21

El cuerpo es un maestro
—dice—
mientras él forcejea con los brazos
que se le alzan                        solos
que buscan poseídos          la hojilla
para abrir todas las carnes      desde su pecho oscurecido
mientras, también,  pugna con las piernas que se desplazan al lugar
donde quemarse
donde quemar            la vida             quieren

ahí se oye toda la lucha                                 de siempre

la intensión es la fuerza que despereza el cuerpo

el cuerpo:        amigo de la muerte
                        inquilino del alma
                        causa de la lápida que visitan pájaros y gatos
                        sombra de los movimientos del pensamiento
                        templo que se autodestruye por falta de fuego
                        que oye el gallo que anuncia la noche
                        embriagado con la pereza
                        mal acostumbrado a las vibraciones más groseras
que olvida su próxima fecha de vencimiento
                        indistinto del cielo
                        que vio luz saliendo unido a Ella
                        espejo de todos los que pasarán por este mundo
                        maestro
                        que hace resistencia
                        que se la pasa viendo lo invisible

forcejean recorriendo el mundo del cuarto
tumbando los discos del alba             los libros que muchos pobres no leerán
porque sólo pensarán en dinero,
le agarra ese bello pelo largo hecho de viento
lo tira a la esquina
y se muere de la risa cuando cae (n)
él y su templo

así se aprende la lección
con mano dura sobre la mano dura, alzada

para saber quién es el que Manda



Del libro: Casa para la sospecha 

miércoles, 31 de julio de 2013

Mariela Casal y las flores del encuentro


Andy Goldsworthy 

El título De-Lirio (2004, Caracas: Eclepsidra) de Mariela Casal debe tomarse como guía de lectura. El rótulo, como lo indica su disposición gráfica, juega con un doble significado en continuo dialogo. Por un lado, y como se reitera a lo largo del poemario, existe un devaneo insistente que comenta algunas emociones humanas y, por otra parte, ese mismo desvarío juega y habla con el contexto que lo enmarca: un horizonte natural, verde, de selva, con flores. “pero deliro / por Dios deliro / flor en lo profundo / sin nosotros // estas venas” (p. 65). Existe, por tanto, una enrarecida recreación de la naturaleza, o mejor, del ritual de la naturaleza, especialmente el nacimiento de una planta particular ya avisada desde uno de los epígrafes que inauguran el libro lo cual aleja los textos de simples imágenes estáticas de un campo lleno de flores o de un paisaje sosegado, común. No en vano en la nota biográfica de la autora aparece como poeta del ritual que es a fin de cuentas lo que nos señala con sus versos en un espacio natural que ahora vuelve visible.

Por su construcción, este poemario también podría leerse como un poema de largo aliento, pues su eje conceptual y temático, ese De-Lirio, vuelve una y otra vez en varias de sus páginas. Evidentemente que su lectura responde a una manera no lineal, esto es, a imágenes alrededor del núcleo antes descrito. Muchos de los poemas carecen de títulos a la manera tradicional incluyendo imágenes que cumplen esta función “divisoria”, tampoco hay signos de puntuación que obstaculicen una lectura fluida y continúa. Las pausas en este caso están dadas por fotografías que también cumplirían una suerte de escritura, de respaldo, sería la prolongación de una idea o la visualización de un pensamiento iniciado en letras. Por tanto, las fotografías son ajenas al ornato y contribuyen como componente fundamental a la estricta unidad de este libro, a este ritual, incluso la usada en la portada que también pertenece a la poeta y es nada más y nada menos que la radiografía de la raíz de un lirio.

Es una poesía alimentada de algo poco común hoy día: la contemplación. Y aunque su expresión se logra al mirar un espectáculo natural estos textos son de honda factura humana quizás porque el nacimiento de una flor es el comienzo de una vida, tan efímera como la de nosotros, tan parecida en su vulnerabilidad a nuestro tránsito por esta milenaria tierra “muertes y siembras traen delirios” (p. 12).  Es la vida que encierra la muerte y viceversa como en anverso y reverso de una misma realidad. El poemario, por tanto, pasea por ambas caras de la misma moneda como testimonio más que de contrarios de posibilidades de unidad, armónicamente, sin fin ni comienzo “la piedad es un bulbo / un cometa / navega en la tierra florece / lejos / en el punto / se expande en el gesto / suena en los estambres” (p. 18).

Al final del libro hay un epílogo escrito por la misma autora iluminando un poco el sentido y significado del poemario, entre otras cosas uno se entera que De-Lirio es la última parte de una trilogía: Raíz Móvil. Desconozco las dos primeras partes pero quizás a mí me toca leerla de manera retrospectiva, del final al principio. También hay una bella anécdota sobre su hermana y la sorprendente conexión que encontró con el nacimiento de una flor lo cual resume la esencia de este libro y la enseñanza adquirida por los indígenas ye´cuana a los que recurre la autora como punto de partida de esta obra, pero también como homenaje a este pueblo cuya cosmovisión enseña que la palabra y el canto al nombrar el mundo lo altera y que esa flor que nace no está afuera de nosotros por más que la apariencia diga otra cosa.  

de-lirio
mi necesidad
flor desnuda de la flor
estación de monje
sueño del cuerpo
desde mis labios:
tú, lagarto
mi extrema voluntad
delirio
hijo, construyo, arrullo, alma, pie
delirio
justicia, balanza de la sed
mentira, no te quiero
delirio espada de Dios

delirio

he cantado un tanto por ti, amor

pero más por las aves, soledad

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el último cielo
la flor
la única bandera
el delirio
la oración más antigua
su raíz

canta
canta
cantaré

la naturaleza toda
el viaje
la casa eterna
el barco
la raíz de sus velas
el misterio

canta
canta
cantaré

el cielo está abajo
las cometas son flores
en la noche negra
alguien llora por su madre

su raíz
canta
cantaré
curaré

el delirio
el que salva no dice

en sol-edad bebe el veneno del otro
y florece

delirio

curare
raíz negra del mundo

al niño perdido a mi casa llevaré
su ternura cantaré
su desierto curaré

curare
curaré
cantaré



lunes, 22 de julio de 2013

La O azul: entre el rastro de neblina, muerte y agua*




Cuando uno escribe sobre la neblina corre el riesgo de quedar tapiado y silenciado por ella. Jairo Rojas, Luis Moreno Villamediana y yo hemos conversado acerca de los peligros que esto implica. Maliciosamente nos hemos detenido a reflexionar sobre cómo la sensibilería bucólica está atenta para tragarse a los poetas y escribientes con sus formas de encantamientos y arcoíris. Los tres hemos visto cadáveres de poetas asomados desde la bruma, muertos de cursilería súbita. Esto no quiere decir que estemos en contra de los tratamientos bucólicos, pero sí de los poemas tipo postal para ofrecer a turistas. A pesar del peligro que implica ascender las empinadas montañas y escribir desde ellas y sobre ellas, Jairo Rojas asumió el reto y cual Homero Simpson se valió de su bomba de oxígeno para comenzar el ascenso.  Antes de subir le pidió permiso a la montaña, la trató de usted, con el respeto que merece su callada majestad. El ascenso fue lento y dificultoso, y como bien dice el propio poeta: “hasta dios hubiera llegado cansado”.

En el ascenso dejó el aliento adherido en esos caminos viejos y pacientes, subiendo se sintió pequeño y demasiado mortal, como debe ser. Y una vez en la cima de esos paisajes escarpados y solitarios del sur merideño, hechos de agua, humo y viento, vio rodar las vocales cuesta abajo y sólo logró salvar a la perfecta  y redonda O azul que esta tarde de lluvia (¡vaya!, una vez más el agua) nos acompaña.

En La O azul, el poeta se asoma a las casas con paredes manchadas de tiempo, desde sus rendijas ve a las viejas trajinando en las cocinas de leña, afanando sobre la masa del trigo. Acompañado por el viento se adentra a esa casa que lo recibe con una pequeña urna en la entrada, y frente a ésta observa los ritos ancestrales en torno a la muerte. Ve el rostro maternal, todo él envuelto en luto, el rostro arrugado velando al niño muerto, al niño-ángel  metido en una caja, puesto sobre la mesa. A la mama, a la nona, a la abuela le ve nacer el dolor en cada respiración.

A pesar de la altura y del sonido del viento y de la lluvia, que apenas cesa para retomar el aliento y volver a ser,  el poeta no se deja encantar por las trampas de lo fluvial y etéreo, él prefiere afincar los pies sobre la tierra, y para no ser arrancado por la fuerza de los elementos amarra su cuerpo a esa  casa rodeada de árboles y voces afantasmadas, ata su cuerpo a esa casa con la urna en la entrada. Ésta es su manera de esquivar las artimañas de lo místico y etéreo y no quedarse flotando en una burbuja de incienso y marihuana. Sin levantar los pies del suelo, Jairo Rojas logra mostrar la aridez de la altura, el desamparo del frío, el encanto siniestro del paisaje escarpado. Desde La O azul leemos belleza y dolor.

Al terminar la lectura del poemario no me quedé resignada con la estampa turística de la casita en la alta montaña, di las gracias, y me dije: el Rojas hizo bien la tarea. Después del libro se quedaron conmigo los rostros de quienes habitan esas casas de paredes rajadas, me quedaron sus verbos tan andinos: “trajinar”, “afanar”, me quedé con la imagen de los pañuelos coloridos, cargados de siglos, de las mujeres campesinas, me quedé con el misterio de los ritos ancestrales de ramas y orines. Me quedé con un territorio al que también pertenezco; así sea por herencia simbólica.

A su paso, la neblina huidiza no me asomó la cabeza de un poeta vencido por las fórmulas fáciles y optimistas de lo sublime; al contrario, la neblina me mostró la imagen de un poeta afincado a sus raíces, acompañado de sus afectos y dolores.   

Carolina Lozada


*Palabras de presentación de La O azul, de Jairo Rojas, en Milla, Mérida.

martes, 9 de julio de 2013

Marcos López y su Pop Latino



“Pop Latino” (1996) del fotógrafo argentino Marcos López es una serie que refleja, bajo un lenguaje irónico, kitsch y escenificado, la realidad sociopolítica de la década de los noventa en el país natal del autor. Son obras que han de entenderse a la luz del legado del Pop Art inglés y norteamericano, pero no como eco y calco de una tendencia surgida en la década de los sesenta lejos del suelo argentino sino como un método de realización para comentar la realidad inmediata que vive la colectividad sureña en la última década del siglo XX y que puede resumirse, por ejemplo, en la obra llamada
Buenos Aires: “Ciudad de la Alegría”.

Si resaltamos la obra antes mencionada es porque está recorrida por dos vertientes que luego van a generar un camino nuevo; por un lado, la del tema social que abriga inmediatamente el tema político; por el otro, la de rescatar una propuesta usada treinta años antes en artistas como Andy Warhol. De esas corrientes impares nacerá no sólo un comentario sobre una problemática colectiva en específico sino una forma insólita del Pop Art, muy particular, de una voz como la de López, pero, quizás, por contextos similares, una tendencia propia de Latinoamérica donde lo Pop hace referencia es a lo popular, al pueblo.

López con su propuesta va a ensanchar el campo visual conocido del Arte Pop, específicamente en su vertiente latinoamericana, que si bien ha tenido sus exponentes anteriores como su compatriota Marta Minujin no han creado como lo hace el artista rosarino un imaginario tan espléndido por medio de la fotografía que alberga la crítica social, la identidad de una cultura específica y la parodia en sana comunión. Una propuesta construida por la fotografía digital y el montaje que en ella es posibilidad y herramienta.

No es gratuito pues que la serie donde se encuentra la obra Buenos Aires: “Ciudad de la Alegría” lleve un nombre tan significativo como Pop Latino sobre todo porque funciona como imagen paradigmática de su propuesta en la década de los noventa donde podemos ver a un autor adorador de la vanidad y a un tiempo necesitado de dirigir un mensaje social.

Buenos Aires: “Ciudad de la Alegría”, además de servir de referencia a la propuesta de López es ejemplo de estudio sociológico a la par de sus virtudes artísticas, he allí su distinción que tiene que ver con esa hibridez del lenguaje de la denuncia y del teatro tan propios de su sello y también del arte actual que se reconoce en el mestizaje. Se ha de resaltar que la obra atiende su contexto porque la misma es parte de ese colectivo que de alguna manera ha promovido su nacimiento.     











sábado, 6 de julio de 2013